Antíope

Su oruga está dotada de dardos punzantes, pero inofensivos

Pese a hallarse muy ampliamente repartida, cada vez se hace más difícil encontrarse con una de estas mariposas. Puebla al mismo tiempo las zonas paleártica y neártica. Fácilmente reconocible por las franjas amarillas que ribetean sus alas, apenas pasa de los 2500 m de altitud. Pasa el invierno en un lugar recóndito, y echa a volar en cuanto aparece el primer sol de primavera. Suele vérsele revolotear cerca de parajes acuáticos en que crezcan alisos o álamos. Ayudándose de su larga trompa, aspira la savia que rezuman los árboles en las mismas grietas. Las huertas reciben también su visita, atrayéndole con sus frutas maduras cuyo jugo chupa. A comienzos de la primavera, la hembra, algo mayor que el macho, deposita montoncillos de huevos sobre los capullos a punto de abrirse. Las jóvenes orugas viven en grupo sobre las hojas de los sauces, de los abedules y de los álamos. Sobre su piel (azul intenso con manchas rojas) aparecen numerosas espinas. Poco antes de la ninfosis, abandonan el grupo y parten en busca de un lugar protegido. Allí, se cuelgan y tejen un capullo pardo, erizado de numerosas excrecencias. Los adultos salen de él unas semanas más tarde. El antíope es de gran interés entomológico: el color de sus alas varía con la temperatura. Los adultos de la primera generación presentan unas alas con ribetes amarillos, color que se hace más claro en los individuos que han hibernado.

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