Echinometra

Cava su agujero en Ia roca

El erizo de mar Echinometra lucunter, presente en las costas del océano Atlántico, tiene por costumbre alojarse en un agujero que él mismo cava en el seno de la roca, con el fin de protegerse. Desde su nacimiento, el pequeño erizo de mar emprende esta ardua y larga tarea. Gracias a los cinco dientes que posee en la cara inferior y a sus espinas, que se regeneran sin cesar, llega a desgastar la roca mediante imperceptibles movimientos continuos. Este trabajo de perforación no parece deberse exclusivamente a una acción mecánica, ya que el animal segrega una sustancia ácida corrosiva para el sustrato haciéndolo más desmenuzable. Por otra parte, limpiando constantemente su alojamiento de la cubierta vegetal que podría formarse en él, hace a la piedra más sensible al ataque del agua del mar. Lo más asombroso es que sólo los ejemplares descubiertos con marea baja cavan tales cavidades: éstas retienen una cantidad de agua suficiente para permitir a sus ocupantes soportar sin peligro de desecación los implacables rayos del sol, cuando el mar se ha retirado. Los individuos que viven debajo de este límite no cavan nunca, en efecto, tales cavidades, porque no tienen necesidad de recurrir a este procedimiento para sobrevivir. Sin embargo, el echinometra tiene que salir de su agujero para alimentarse. Con marea alta, y principalmente de noche, se le puede ver a alguna distancia de su refugio en busca de alimento: algas, desechos vegetales, que arranca de la roca con sus dientes. Para desplazarse, el erizo de mar utiliza sus espinas como muletas; miles de podia, pies retráctiles con ventosas, le permiten sujetarse a la roca para escalar las pendientes más abruptas.

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