Lucio

Se le llama con toda justicia el tiburón de las aguas dulces

El lucio goza de la triste reputación, por otra parte muy justificada, de ser el depredador más feroz de las aguas dulces de nuestro hemisferio. El lucio habita en las aguas tranquilas de los lagos y de los ríos de corriente relativamente lenta. Evita los cursos de agua torrencial, donde le costaría mucho trabajo mantenerse inmóvil al acecho de sus presas. A pesar de su gran tamaño, este pez puede pasar completamente desapercibido cuando se mantiene inmóvil entre la vegetación sumergida, perfectamente camuflado por su coloración, compuesta de bandas verticales claras que alternan con un tinte de fondo más sombrío. Su estructura morfológica, con las aletas implantadas muy hacia atrás de su cuerpo y una potente cola, le permite aceleraciones extraordinarias. Es capaz de abalanzarse literalmente sobre un pez que se encuentre a 9 ó 10 m delante de él, para sorprenderle antes de que se dé cuenta del peligro. La terrible boca del lucio no puede compararse, sin duda, más que con la del tiburón. Completamente armada de dientes acerados, inclinados hacia atrás como ganchos, puede abrirse mucho, permitiendo al lucio atrapar y retener prisionera a cualquier presa que juzgue que puede tragar. La voracidad del lucio es legendaria, y, no obstante, sus comienzos en la vida son modestos. Los jóvenes lucios se alimentan de dafnias, de renacuajos, luego de minúsculos peces, así como de alevines de otras especies. A medida que crece, se adapta al tamaño de las presas que caza. Los lucios adultos devoran todo lo que se mueve en el agua y atacan incluso a los patos, a las gallinetas y a las fúlicas.

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