Rosalia alpina

Un color tan delicado como inhabitual

Coleóptero protegido por la ley por su rareza, la rosalia alpina es uno de los representantes más bellos de la familia de los Cerambícidos, inmenso grupo, ya que comprende no menos de 18 000 especies distribuidas casi por toda la superficie del globo. Apenas mide más de 35 mm. La rosalia alpina se encuentra en los Alpes, en los Pirineos y en los Cevennes, donde vive en los inmensos bosques de hayas. Los más viejos de estos árboles son el punto de mira de las hembras ponedoras. Gracias a un ovopositor extensible, los huevos son depositados en el fondo de grietas relativamente profundas; al cabo de algunos días, salen de ellos pequeñas larvas blancuzcas que se ponen en seguida a taladrar una redecilla de galerías. Al parecer, las larvas no alcanzan su tamaño definitivo hasta después de algunos años. Crecen hinchando las verrugosidades situadas en las caras dorsal y ventral de sus segmentos. La ninfosis tiene lugar justamente bajo la corteza, lo que facilita la salida de los insectos adultos. Relativamente pesada, la rosalia alpina no emprende el vuelo con facilidad; necesita alcanzar primeramente una cierta velocidad de vibración de las alas. El vuelo se efectúa sobre todo gracias a las alas posteriores membranosas, cuyo borde de ataque está consolidado por gruesos nervios; los élitros, cuya vibración es lenta, sirven sobre todo para la estabilización del insecto en vuelo, el cual se acompaña de un ligero zumbido. Gracias a sus ojos compuestos, situados a los lados de la cabeza, la rosalia, así como la mayor parte de los coleópteros, llega a orientar sus desplazamientos aéreos de manera muy precisa.

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