Sabela del cieno

Sedentaria, pero un poco nómada.

Especie cosmopolita y muy común, la sabela del cieno vive hacia los 2 m de profundidad, en fondos arenosos y limosos; abunda sobre todo en la entrada de los estuarios, donde el agua va cargada de numerosas partículas detríticas. Cuando el mar está muy bajo, se pueden observar al ras del suelo dos pequeños abanicos de color oscuro (violeta o marrón); cada uno de ellos está constituido por unos treinta tentáculos plumosos, unidos entre sí (hasta media altura más o menos) por una membrana muy delgada. El aspecto aterciopelado que ofrece el interior de esta corona tentacular se debe a la presencia de multitud de finas bárbulas. Este espléndido penacho branquial no sólo asegura lo esencial de la función respiratoria, sino que también desempeña un papel importante en la captura de alimento. Es un verdadero filtro (puede filtrar hasta 0,1 l de agua por hora y por unidad de peso corporal) que detiene las minúsculas partículas que pasan a su alcance. Englobadas en mucus, las partículas alimenticias serán después conducidas hacia la boca, a lo largo de canalones ciliados situados en la base de los tentáculos. Aunque la sabela del cieno es un poliqueto sedentario, lleva sin embargo (sobre todo al principio de su existencia) una vida nómada, pues a veces no duda en abandonar su tubo. Dotada de un ojo en el extremo posterior de su cuerpo, nada hacia atrás, arrastrando tras ella su plumero branquial y empieza así a construir en otra parte un nuevo tubo de consistencia mucosa, que es segregado por glándulas situadas en la epidermis.

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